El Vino

 

“… me senté al borde del barreño y aspiré con deleite aquellos humos, cuando, sin saber cómo, caí dentro. Y cuál sería mi sorpresa, que aquel zumo entróme por orejas, boca y ojos y, en suma, por el cuerpo entero; y todas mis raíces se empaparon de él hasta sentirme yo mismo como una vid. He de confesaros una cosa: bien sabéis que, a nuestro parecer, ningún encanto ofrecéis los humanos excepto si eso os ocurre: me refiero a cuando aparecéis sacudidos de alegría vinícola”.

Ana Mª Matute. Olvidado Rey Gudú.

¿Cuanta razón tiene el pequeño y viejo Trasgo al decir que los humanos ganamos mucho bajo los influjos de la alegría vinícola! Y es que el vino es arte y una delicia. Yo no tengo ni idea de vinos, sé los que me gusta y no paro de añadir nuevos a mi lista de preferencias, aunque tampoco le hago ascos al vino de la casa, eso sí, sin gaseosa, por favor.

Viviendo fuera de España aprendes a valorar lo que has dejado atrás y una de esas cosas es la amplia selección de vinos españoles. He sido muy cateta y he pensado que no hay mejor vino que el vino español, (aunque por ahora ningún vino me ha convencido de lo contrario) pero si que me he abierto a otros mercados vinícolas. Yo soy la niña de los vinos de Viñas del Vero, Enate, Protos y de mi gran último descubrimiento en vinos españoles: Arzuaga Reserva, una delicia con toques amaderados… a mi me sabe a sándalo, incluso. Perfecto. No me prodigo mucho por los estantes de vinos blancos o rosados, aunque no perdono un Albariño fresquito en el verano asturiano o un Gramona Rosat con aguja para acompañar un pescado ibicenco.

Comencé a ser infiel al vino español cuando, una vez cenando en París, alguien me prometió que iba a adorar un vino… francés!?!? me parecían todos flojos y sin prestancia, pero llegó a la mesa un vino de Chinon, no recuerdo el nombre, ¡mmmmm! delicioso, suave pero consistente, perfecto para regar una tabla inmensa de quesos de la región.

Mi infidelidad ha desembocado en un amor a sorbos con un vino Italiano: Ruché di Castagnole Monferrato 2009, simplemente delicioso. Lo probé en un pequeño restaurante italiano llamado Dvino y sólo pude hacerme con una copa (el precio por copa era de 8€, y todo tiene un límite). El sabor estalla en la boca en una fiesta de frutos dulces, pimienta y violetas y rosas como sabor final. Lo de los frutos dulces y pimienta no estoy muy segura, pero lo de las rosas es verdad, dos de mis pasiones en un sorbo: el vino y las rosas.

Ya sabemos todos lo sano que es el vino tinto, es antioxidante por sus taninos, reduce el riesgo de enfermedades coronarias, nos relaja, nos ruboriza y nos pone en consonancia con nuestro yo mas puro: in vino veritas. Además nos pone guapos, como dice el Trasgo de la novela de Matute, algo incomprensible a ojos de unos seres que odian todo lo que provenga de los humanos… menos el vino, ¿por qué será?

Como me dijeron en un cursillo en el trabajo: una de las mayores razones por las que bebemos alcohol es para premiarnos a nosotros mismos… no veo el momento de hacer algo bien para tomarme una copita de vino, aunque sea un Don Simón 🙂 Mira, no me ha quedado mal este post, allá que te va una copita; chin chin!

 

 

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Westerkerk Toren

“Desde hace una semana ya nadie sabe la hora exacta. Han retirado nuestro querido reloj de la Westertoren, seguramente para fundirlo como material de guerra, y no tenemos forma de saber en qué hora del día o de la noche vivimos. Yo tengo la esperanza de que lo sustituyan por otro de cobre o hierro, para que el barrio vuelva a tener su reloj”

Diario de Ana Frank

Ahora que empezamos a mudarnos de nuestra casa de Herengracht creo que he de empezar a despedirme de ciertas cosas. Una de las que más voy a echar de menos es la Westertoren, la torre de la Westerkerk o Iglesia del Este (como la bruja del Este del Mago de Oz!). Es imposible no echarla de menos: su carrillón marca el paso del tiempo cada 15 minutos, a las en punto con una melodía, que a fuerza de escuchar me he aprendido de memoria y hasta puedo decir que la cambian cada 3 meses. Y a y cuarto y menos cuarto con un pequeño repiqueteo de campana. En algunas ocasiones hay conciertos de carrillón: las campanitas interpretan melodías, unas cocnocidas (por mi) otras no tanto durante varios minutos. Es sobrecogedor: el tiempo se detiene y solo se escucha la música en el vecindario, el atardecer y el canal hacen el resto. Recuerdo una vez que la melodía era tan bella que no pude evitar emocionarme…

También voy a echar de menos su silueta, rotunda y un poquito inclinada, de cuento medieval, que veo cada día desde la ventana del dormitorio. Es mi mirador privado hacia Westerkerk, me dice qué hora es cada mañana y me da las buenas noches también, antes de cerrar la cortina, cada noche. Los atardeceres que enmarcan la torre algunos días son sobrecogedores, no he visto nunca atardeceres tan hermosos como aquí. Creo que mucho tiene que ver la humedad de la atmósfera que hace que todo brille y el cielo se tiña de los más vivos colores, desde el amarillo, pasando por el púrpura, al rojo más sangrante… una maravilla.

Se puede subir a ella, a la torre, para disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece la ciudad, desde el cielo; pero me hago la remolona porque en el fondo, no quiero tener mas vista de ella que su imagen desde mi casa. La que pronto dejaremos para mudarnos a otra, pero no os preocupéis, la nueva también está en un canal, por lo que este blog seguirá siendo un blog con vistas al canal.

Querida Ana, la Westertoren recuperó su reloj, y desde entonces, sigue dando las horas sin parar para confort de los que vivimos cerca y para honrar a los que, como tu, encontraron sosiego al escuchar que de nuevo, quince minutos más habian pasado.

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Por Vos Muero

Soneto V

Escrito está en mi alma vuestro gesto
vos sola lo escribisteis; yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.

Garcilaso de la Vega.

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No, no, no.


Hoy he visto este homenaje a Amy Winehouse en un escaparate de Amsterdam y me he dado cuenta de que, de verdad, hemos perdido para siempre la gran voz negra que vivía dentro de una muchacha tan liviana y frágil como su propia vida.
Pero sus comienzos no fueron ni livianos ni frágiles, aún veíamos a una Amy rotunda como su música cuando dió el do de pecho allá por 2006, con su segundo disco Back to Black (el primero muy recomendable se llama Frank). Trajo aires nuevos desde el soul y el jazz de los años cincuenta, que Amy nos enseñó a valorar y a disfrutar. También revolucionó la estética de los últimos años, cosa de la que nos dimos cuenta cuando empezamos a ver a deliciosas quinceañeras peindas con el beehive más alto que nadie y unos rabillos en los ojos que ni Lola Flores en sus mejores momentos.
Su bajada a los infiernos empezó pronto, y no quiero aventurarme más allá de lo que todos sabemos y hemos visto: locamente enamorada del hombre incorrecto y rodeada de todo tipo de personajillos, Amy no supo ver la diferencia entre el bien y el mal y comenzó a hacerse chiquitita hasta que terminó uniéndose al club de los 27, como se conoce al grupo de artistas muertos a los 27 años, como Jim Morrison y Curt Cobain. Amy murió joven y no sé si dejó un bonito cadáver, pero ha dejado dos discos como la copa de un pino y un puñado de colaboraciones que vale la pena escuchar. DEP, Amy, si es que la resaca te lo permite y gracias por traer de vuelta sonidos tan maravillosos.

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El puerto de Amsterdam

En dias como hoy, lluviosos y grises pero un poco sofocantes, cuando paseo por la ciudad pienso en cómo sería todo esto hace unos 150 años. Sus callejones estrechos en los que casi hay que pasar de lado, los canales despidiendo su inconfundible olor de verano, las gaviotas peleando por un bocado y los marineros esperando en el puerto la hora de enrolarse en algún barco mercante. Todavía se puede respirar ese ambiente en los bruine cafés más cercanos al puerto, ahora moderno, pero que todavía guarda algunos rincones oxidados. En estos cafés de iluminación macilenta es fácil sentirse transportados a aquellos días de cerveza agria y denso humo de tabaco de liar donde las rubias mujeres o bien servían la cerveza, se la bebían apostadas en la barra conversando escandalosamente con los marineros o buscaban un cliente que les pagase un florín o dos por sus servicios.

Escuchad esta canción de Jacques Brel, no me transporta al frío Amsterdam sino al sofocante y lluvioso del principio del verano.

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Sigo aquí

Hoy una amiga me ha preguntado cuándo actualizaría mi blog. Me hace mucha ilusión que los pocos que me seguís echéis de menos mis post. La verdad es que tengo ganas de volver a la blogosfera, por ahora mi trabajo y mi Máster me tienen absorbida por completo, pero ¡no por mucho tiempo más! Por el momento os dejo esta hermosa vista desde una de las ventanas de mi casa. Cortesía de Al.

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con los brazos en jarra

Este post va a ser cortito por que últimamente no tengo tiempo ni para decir “esta boca es mía”.
Me acaba de surgir la idea porque hoy he tenido una experiencia muy graciosa en la oficina, con una compañera argentina. Por alguna razón hemos sacado a las leonas latinas que llevamos dentro y entre “oye rica” y “mira mona” hemos arreglado un desatino laboral. Todo esto ante la atónita mirada de nuestros compañeros, holandeses, húngaros, e ingleses. Los cuales, simplemente nos han mirado y han desviado rápidamente la mirada ante tal vocerío fresco y jovial de dos damitas con sangre en las venas.

¿Y qué qué pretendo con esto? Pues reivindicar la pasión y la espontaneidad, la libertad para soltar alguna voz o carcajada de vez en cuando. Llorar no es malo, tampoco reír, y si un día tenemos mal café, no hay nada mejor que desahogarse con un….. ¡niñata de mierda!

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